El hombre del pelo completamente blanco se acercó y con voz un tanto nerviosa me dijo:
¿Puedo sentarme?
En cualquier banco del parque – contesté – incluido este. Lo raro es que no prefiera sentarse solo. ¿No irá a bajarse la portañica no?
No, no, por favor, no estoy de servicio. Es solo que me da un poco de miedo que puedan asaltarme, a mi edad uno ya no sabe qué puede pasarle.
Coño, pues soy un tipo mal encarado, me estoy fumando un cigarro “de peso” y no voy vestido como recomiendan los cánones precisamente. Igual se ha equivocado de bancodelparque.
No me importa, me dijo, es solo por la compañía. Me cuesta mucho poder desconectar del curro.
¿A sus años aún curra? Pensé que la ley no le pillaba ya a los que peinan tal cantidad de canas. Sin faltar. ¿Mucho estrés en el trabajo?
Uf, si te contara. No me dejan ni a sol ni a sombra y rara vez puedo escaparme un rato sin que me siga toda una corte de personas que ni siquiera conozco. ¿De verdad no me reconoces? Perdona si te tuteo y por favor haz lo mismo si no te importa. Estoy cansado de tratamientos especiales.
En absoluto, tutéame, no te cortes. Y la verdad, me vas a perdonar, me suena mucho tu cara pero no caigo ahora mismo… No sé… ¿eres Miliki?
No que va, ese también se dedica a los niños, pero de otra manera. Yo soy Benedicto y estoy de incognito aprovechando mi viaje por estas tierras.
¡Ostias! Por la cara… tu eres el Ratzinger Zeta ese.
Si, acabé del chiste ese hasta los cojones y claro cuando a uno le dan la oportunidad de cambiarse el nombre… pues ya ves. Benedicto Dieciséis me pareció una buena idea y como Mick Jagger estaba cogido…
Con todos mis respetos, me parece una mierda de nombre, pero como dijo aquel “hay gente pa tó” Lo que no entiendo es eso de ponerse un nombre que ya habían elegido 15 antes que tú. ¿Cómo es eso?
En realidad es sencillo si lo piensas. Como tendemos a cagarla los que trabajamos en mi puesto, pensé que, con el paso de los años, sería más difícil que se acordara la gente de que fui yo personalmente el que hizo de las suyas en su momento. Tu sabes… a lo mejor dicen Benedicto algo, pero siempre pueden equivocarse en el número.
Tú flipas. Pero bueno… ¿una calada?
No, gracias. Demasiado incienso en los pulmones. No me lo permite el médico.
Peor para ti. Oye… no es por joder pero ese grupo de monjas que vienen por ahí guitarra en mano creo que te van a reconocer…
Giró la cabeza lo suficiente como para que pudiera estampar con todas mis ganas miscuatrodedosdelamanoderechamenoselpulgar en toda su nuca. No venía nadie, por supuesto.
Volvió a mirarme, tragó saliva, secó las lágrimas sin quejarse y aguantando estoicamente el dolor añadió.
¿Y esto?
Esto se llama aprovechar la oportunidad. Los que vivimos con estrecheces sabemos que no podemos dejarla pasar y como está claro que nadie me va a creer cuando le cuente semejante modo de conocernos, al menos quiero llevarme pa casa la sensación de haberle dado una colleja – que así se llaman en mi barrio – al mamonazo que viene a gastarse la pasta en estos momentos de crisis. Espero que no me lo tomes a mal. Tenía que hacerlo. No sufras, has conseguido por un momento que crea en vuestra justicia divina y que goce de una sonrisa que pienso llevar puesta los próximos meses incluso cuando duerma. Su sacrificio ha servido para algo. Como ese que nos venden que hizo su jefe. Siéntete orgulloso Miliki y gracias por la oportunidad.
Recogí el tabaco, me colgué el bolso, le di el último trago a la cocacola. Estreché su mano y terminé.
Que pases buena tarde.
Me di la vuelta y cuando me iba me dijo.
Espera… Perdona pero… ahora si le daría una calada. ¿No decís que es bueno para el dolor?
Me llevé el cigarro a la boca, le di una última y larga calada y se lo pasé.
Ya, para el dolor... Ten cuidado, no te vaya a sentar mal. Está pensado y prensado para los que tenemos billete de ida al infierno ese que vendes. Y si me permites un consejo… deberías quitarte el disfraz cuando salgas de incognito. Lumbreras.
Desde la puerta del parque me volví para verlo toser, con el porro cogido con el índice y el pulgar mientras se pasaba la mano por la nuca.
Todavía sonrío cuando duermo.

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